lunes, 19 de mayo de 2014

No me arrepiento y, por supuesto, no me enorgullezco.

Maté a la niña morena que pedía deseos a las 10:10 y a las 18:18 y a las 23:23 y...
Y también maté a la niña que pedía deseos a las estrellas fugaces aunque pasasen veinte segundos entre verla desaparecer y permitirse pedir otra noche más por él.
Maté a la niña que se ponía lazos en el pelo y no alrededor de la garganta.
Maté a la niña  que escribía cartas y en vez de quemarlas las regalaba con una sonrisa atada en el margen derecho superior. Desde entonces todo lo pone a izquierdas. Todo desordenado y en los márgenes inferiores. Y quemado, por supuesto.
Aún recuerdo la noche en la que maté a la niña que quería ser cantante, pintora y actriz diciéndole que no vivía en una película (algo que ya sabía de sobra).
Maté a la niña de nueve años que se enamoró como una mujer y aceptarlo le dolía más que regar sangre, más que arrancar un "no" de la última margarita (cosa que ya no hacía desde que maté su fe).
Y, al final, todas resultaron ser la misma. Parece ser que no jodí un poco a ocho niñas diferentes. Le jodí la vida entera a una sola.
He intentado hablar con ella y lo único que hay es eco.
Entiendo que no quiera saber nada más de mi.

Lo cierto es que yo tampoco querría.


2 comentarios:

  1. Hemos escrito cosas similares casi al mismo tiempo, juro que ha sido casualidad y me asusta. Bueno, que esto es para enmarcarlo, para darle un premio o leerlo tresmil veces. La niña que quema cartas es tan increíble como la que pide deseos, te lo dice alguien que entiende.

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    1. Bueno, las casualidades a veces son tan bonitas... Gracias, en serio!

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